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Sal en la herida...

"No esperes nada dulce de un salado" leí una vez e inmediatamente quise compartirlo, pues me sentía con los ánimos lo suficientemente explosivos para demostrar el dolor de la herida que en ese momento tenia abierta. Pero no lo hice.

El problema de la herida es que mientras esta recién hecha el dolor no te deja pensar en nada más, en nada que sea lógico, en ninguna solución para cerrarla y te enfrascas en lo que sientes, en como arde y en que parece que en ese pedacito roto de ti, yace tu vida. El cerebro es así, te recuerda una tras otra, como las imágenes antes de morir, en secuencia exacta las acciones y decisiones que te llevaron al punto de esa herida y curiosamente sientes un dolor aun más fuerte en la boca del estomago, dolor que te provoca un miedo insostenible... ese dolor del alma, es la culpa.

El dolor es un circulo vicioso y ciertamente placentero, piensas que todo te lastimará aun más y no quieres despojarte del dolor que ya sientes porque de cierto modo te sustenta, pero no quieres más y por eso te mantienes con eso que ya duele pensando en que quizás salga más cara la cura que la enfermedad.

La realidad es que la culpa de que fuimos nosotros mismos los causantes de esa herida y el miedo de provocarnos que el dolor sea mas extenso nos mantienen atados y lejos de toda posible solución. Tristemente, claro que toda solución, por un instante llega a dolernos más que la misma herida y sentimos que la vida se nos va y nos arrepentimos queriendo regresar al punto de partida, a la herida inicial; y estamos tan ocupados en ese sentimiento que no nos damos cuenta que la medicina ha iniciado su acción y que ya ha parado de sangrar, que con el paso del tiempo la herida comienza a cerrar hasta el día en que se convierte en una blanca cicatriz sobre un pedacito de nuestra piel... Un recuerdo nada más.

Y entonces todas esas imágenes, mostradas consecutivamente, como las imágenes cuando estas a punto de morir te han vuelto más sabio, ya no es culpa lo que sientes porque todo se ha transformado en experiencia. Es entonces cuando te das cuenta que no volverías a tomar las decisiones que te llevaron a la herida inicial y que aunque no moriste por esa herida, fuiste lo suficientemente valiente para tomar la decisión de cerrarla aunque en el instante te doliera mucho más que la herida sangrante.

Atrévete, pon sal en la herida porque aunque parezca que el escozor va a matarte a la larga un día te hará sentir orgulloso haber sido tan valiente de cerrar esa herida a pesar del dolor.

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